Estudio de “La Ceremonia”, de Claude Chabrol

Sobre el autor

Junto con François Truffaut, Jean-Luc Godard y Eric Rohmer, el nombre de Claude Chabrol es asociado comúnmente a la revista Cahiers du Cinema, que abrió camino en la crítica especializada en cine, y al surgimiento de la Nueva Ola Francesa.

Nacido en Paris en 1930, fan de Fritz Lang y de Alfred Hitchcock (realizadores que tendrán una gran influencia sobre su trabajo), Chabrol filmó en 1958 su primera película, “Le Beau Serge (El Bello Sergio)”, con un dinero que su primera esposa había heredado. Esta película, considerada superrealista, trata sobre el retorno de un joven a su ciudad natal y su reencuentro con su ahora desolado y alcohólico amigo y héroe de la infancia, y es considerada un momento clave para la fundación de la Nueva Ola Francesa.

Los temas que ha manejado Chabrol a lo largo de su carrera de más de 60 películas (y contando) son la moral burguesa, el compromiso moral, las máscaras de la realidad, el asesinato y la culpa, entre otros. Sus personajes parecen tener un concepto relativo, no absoluto, del bien y el mal. Chabrol explora esa bestia primitiva que se oculta en la civilización burguesa.

 

Sobre la película (contiene muchos spoilers)

Estrenada en 1995, “La Ceremonia” es el largometraje número 49 de Chabrol. A su estreno obtuvo excelentes críticas e inclusive en Cahiers du Cinema llegaron a hablar de que Chabrol talvez fuera el mejor cineasta francés.

Esta obra es una adaptación del libro de Ruth Rendell, “Juicio de Piedra”. El título de la película hace alusión a una especie de ritual que lleva el ritmo de la película hasta concretarse. El ritual a llevarse a cabo de manera lenta y plausible será el asesinato de la familia Lelièvre, que irónicamente en francés significa “La Liebre”, uno de los animales que el Señor Lelièvre talvez llega a cazar con la escopeta con la que él y su familia son asesinados. La historia trata de Sophie, un personaje al cual vamos descubriendo poco a poco, develando en complicidad con la cámara los misterios que ella encierra, como ser analfabeta, como posiblemente haber asesinado a su padre quemando la casa donde ambos vivían (pero por cuyo crimen nunca fue juzgada pues “no había pruebas”). Sophie es contratada por la adinerada familia Lelièvre para trabajar como criada en su casa, y así arranca la película, con una Sophie (Sandrine Bonnaire) siempre callada, fría, analfabeta pero astuta, que logra durante gran parte de la película ocultar su analfabetismo engañando a los demás en acciones irreverentes, hasta cierto punto ingenuas, como no esperar que el Señor Lelièvre hable con el oftalmólogo al que le envía a hacerse una graduación de lentes, a cuya cita no va.

Pero Sophie, ya desde el principio, específicamente en la segunda vez que la vemos, aparece misteriosamente, cuando su nueva empleadora la espera en la estación, en el andén del otro lado. Sophie ha llegado con anticipación, en el tren anterior, y al principio no la vemos, creemos que no se ha presentado a la cita. Esto plantea talvez su omnisciencia, su habilidad de observar sin ser vista, denota inmediatamente su posición para con sus contratantes, desde un principio superior, “pasando de ellos”, algo altiva, irreverente y desinteresada, libre de entrar y salir, como entra y sale de la casa de sus contratantes, por la puerta trasera si llega con compañía indeseada por la familia.

Las motivaciones de esta empleada de casa son dudosas, y si no fuera por la nueva relación que encuentra con su similar, Jeanne (la genial Isabelle Huppert), una excéntrica y problemática empleada de la oficina de correos (no deseada en la casa de los Lelièvre, a la cual entra por primera vez por la ventana) con quien Sophie descubre una química irregular, sin duda el desenlace de esta historia no podría ser el mismo. Su relación se da por la innegable insistencia de Jeanne, que busca la amistad y luego más tarde la complicidad de Sophie, lo que encuentran mutuamente, descubriendo cosas la una de la otra, pues Jeanne también tiene un pasado turbio propio, también por incinerar a su hija, al parecer por accidente, pero nuevamente “nunca hubo pruebas que la incriminaran”. Jeanne se empeña a lo largo de la película en hablar mal de la familia Lelièvre, de manchar el apellido, de sembrar en Sophie la rebeldía y obtener su complicidad, todo esto provocado por la envidia y el rencor que le tiene a tal familia. Así, Jeanne encuentra en Sophie la llave a ese mundo entrañable y absurdo pero tan distante de ella, tan envidiado, y Sophie cae con ella, al buscar más cosas con las qué criticar a la familia, más secretos. Al igual que Jeanne espía todo acerca de la familia en el correo y sabe mucho de ellos, así Sophie descuelga el teléfono y se entera de los asuntos ocultos de Melinda, la hija.

La película intenta en ocasiones plantearnos que la ley (tanto la terrena como la divina) ha muerto, pues la ley ha dejado sueltas a dos presuntas asesinas enojadas con el mundo. Por su parte, el sacerdote de “Acción Divina” (agrupación social a las que ellas intentan pertenecer, cuyas integrantes ven a aquellas con ojos de quien desaprueba a dos niñas traviesas y maleducadas y con la cual también estas pueden acceder a criticar a la “gente que no da lo suficiente por el pobre”), no saca con sus regaños más que las risas y la irreverencia de este par. El odio y el resentimiento latente causados por un sentimiento de inferioridad, una envidia de un mundo en apariencia perfecto, con una familia con dinero, culta y con acceso al conocimiento, con lazos de unión sólidos, hace estallar las escopetas que roban Sophie y Jeanne, luego de desgarrar los vestidos elegantes de la señora y derramar el chocolate en la cama matrimonial. La familia Lelièvre asiste en sus mejores galas a la ceremonia de su asesinato, una escena que, se me ocurre, talvez haya tenido alguna influencia en los desenlaces que plantea a su vez Lars Von Trier en sus filme. Luego Jeanne dispara a los libros, como destruyendo otra cosa a la que ella no puede acceder: la cultura. Tras cometer los asesinatos, Jeanne dice que han hecho lo correcto, y una inestable Sophie no puede hacer más que estar de acuerdo.

La moral y la cordura, el ritmo cadencioso con los que la familia Lelièvre y, más específicamente, Catherine (la madre) y Melinda (la hija) tratan de dar solución a los problemas que se van presentando con la “criada” a fin de cuentas no funcionan para nada, y a veces ayudan a crecer la rebeldía de Sophie, que no quiere aceptar, probablemente por orgullo, la ayuda que la familia pretende darle al querer sacarle lentes, enseñarle a manejar, y después, a leer. Nada puede hacer el mundo burgués para detener al par tan explosivo que Sophie y Jeanne han formado, y los intentos de ayuda, nunca aceptados por Sophie, ella los ve más como ofensivos y condescendientes. Basada en su propia experiencia, ella cree poder chantajear a Melinda con los secretos que descubre, sin esperar que ésta se pueda adelantar a decirles a sus padres la verdad de su posible embarazo. Sophie no lo espera porque no tuvo una familia así. La mujer joven, tan fría, que tan pronto y llega a su nuevo cuarto se encierra en él, cerrando puertas y cortinas, se muestra como una persona solitaria. “Ni una carta, ni una llamada telefónica”, dice el padre de familia, refiriéndose un poco cruelmente a que el mundo de la criada no “los invade”. La figura de este personaje es un poco del hombre de familia típico, que enfrenta y regaña en un patriarcado idealizado, pues también sus enojos son atenuados por la intervención de una esposa, amable, comprensiva, defensora, que más que para abogar por el prójimo, lo hace para no quedarse ella sola y sin ayuda doméstica, pues le ha costado mucho encontrar a Sophie. En la familia, pero sobre todo en los dos padres, se nota claramente la hipocresía burguesa que Chabrol quiere recalcar.

Por su parte, el personaje de Sophie se va transformando a lo largo de la película sobre todo al ir conociendo a Jeanne, con la que lo único que comparte, más que una amistad, es una complicidad. Con ella su evolución es de una forma diferente a la que tiene como empleada, cada vez más rebelde e irresponsable. La lucha de la diferencia de clases, el abatimiento de la conciencia, el demonio que aguarda en el silencio, entre nosotros, en la sociedad burguesa, el peligro inadvertido y latente, que duerme en el cuarto de arriba, es de lo que habla esta película. Un invitado en la fiesta de cumpleaños de Melinda, talvez un pariente no tan deseado, dice una frase de Nietzche: “Hay en las gentes de bien muchas cosas que me repugnan, y no precisamente el mal que hay en ellos”.

Para concluir y así no salir del tema a tratar en este estudio, lo importante a recalcar en la relación del director con las mujeres a lo largo de su trayectoria y, más importante, en esta película, no es más importante que el tema a tratar. Es decir, las mujeres aquí no aparecen específicamente por “el hecho de ser mujeres”, pues aunque talvez sea más impresionante ver a dos mujeres comportarse como dos frías y déspotas asesinas, sus papeles sirven para otro propósito, para contar otros temas, en fin, ocupan las mujeres un papel igual al hombre, que nada puede hacer para detenerlas, como tampoco pudo hacer el Sr. Lelièvre, o el “molesto y oliente a pipí” padre de Sophie.

Nota: Artículo reciclado, escrito por ahí del 2005 como encargo para una clase de análisis de cine.

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4 comentarios

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4 Respuestas a “Estudio de “La Ceremonia”, de Claude Chabrol

  1. sagral

    leí (contiene muchos spoilers) y me detuve… chiale.

  2. Gustavo

    La vi ayer por segunda vez. Sabía que había vuelto a ver una gran película pero sentía que algunas cosas se me escapaban. Leer tu nota era exáctamente lo que me faltaba para asentar algunos conceptos que andaban por ahí en el aire. Gracias y saludos!

  3. daniel

    Es muy exacto lo que se dice. Ví ayer, 19-8-14, este film en francés, y como no lo domino si lo hablan nativos con acento cerrado, me perdí detalles puntuales, que en una trama policial son importantes. De otro lado, el relato de Ruth Rendell tal vez lo he leído y creo es muy diferente. Esta película es abismalmente triste, y la ví porque salía Sandrine Bonnaire, supongo que casi inmediatamente después de interpretar a Juana de Arco, y con el nombre de Sophie Bonhomme- no es la primera vez que le adjudican nombres parecidos al suyo-. La nota me aclara exactamente las fechorías precedentes de los dos personajes. Hay muchos matices y sobreentendidos en las actuaciones de Bonnaire y Huppert, justamente galardonada, porque era de óscar- la escena del coche de noche- : le dieron en César de ese año; y una tragedia que no es exactamente la de la familia burguesa. Ví excesivamente brusco el salto a la violencia; pero es una ejecución. En efecto, estas dos descerebradas, perfectamente motivadas en su mundo personal coherente hecho de desventaja y tragedia, repiten “A sangre fría” de Truman Capote. En cuanto a la relación con la cultura, rara es la familia “burguesa” que se sé tanto a ella; en Francia tal vez. En el bando subversivo, la dislexia-posible sordomudez de niña curada-analfabetismo de Sophie, sarcásticamente alienada de la “cultura” que no sea la subcultura visual de la tele más cutre, no se da una completa alienación de la cultura. Si un invitado snob cita a Nietzsche, la empleada de correos desquiciada de Huppert, escoge de la biblioteca de la casa un grueso volumen de Céline que no puede ser otro que “Viaje al Final de la Noche”. A Huppert le gusta leer, y su relación con la cultura es equivalente a la del padre de la casa, que impone a su familia la ceremonia de escuchar “Don Giovanni” de Mozart vestidos medio bien arreglados- los padres sí, los hijos informales-de “gala” casera. El hijo se duerme oyendo la ópera. La hija jovencita estudia música. Es la que desencadenará inadvertidamente la tragedia, precisamente, creo, porque, más que la señora de la casa, que por su edad es de otra generación que las dos desdichadas descerebradas, es aquella que representa todo lo que ellas no han tenido. El personaje del hijo y la ambigüedad sexual que recuerda a Jaye Davidson, creo es aleatoria al film o una pista falsa. Racialmente, los hijos son incompatibles con Jean Pierre Cassel y Jackie Bisset, aparte las edades de los padres y los hijos. Isabelle Huppert, algo mayor ya, es de edad más adecuada a la edad real de estos actores; pero… pueden ser hijos tardíos. Lo que impresiona es la consunción de Sandrine Bonnaire que a la sazón sólo tenía 28 años. El flequillo cortado de ese modo inclusero y la delgadez, prestan un aire frankensteiniano a esta actriz favorita mía en esta película en que no prodiga su sonrisa- “Que abría mundos” en “Jehanne la Pucelle”- ni una sola vez. Es realmente, Chabrol o no Chabrol en sí en su discurso sobre la burguesía, o comunidades cerradas en lugares apartados, en la trama del tejido social de Francia -es una interpretación tópica- siempre o casi con falsillas policiales, una película muy triste. Pero la dialéctica implicada en el caso o se da por sobreentendida, o se desencadena sin transición, y en esto como en otros muchos detalles, se presentan trazas de objetivismo y afinidades con aquel tipo de novela policial francesa llamada “Polaire”. En la realidad, no diré por desgracia, porque en la realidad todo lo malo va por todo lo bueno, pueden pasar las cosas exactamente así. Ahora bien, el accidente y pandemonio final, la inmensa chapuza horrible del final, abierto pero previsible- esta vez a Sophie Bonhomme se le cae con todo el equipo-, más la pérdida del ¿amor?- Huppert se ha despedido usando todos sus recursos para afirmar la complicidad incluyendo abrazos normales entre chicas elevando la apuesta a un beso en la boca-, abocan la realidad latentemente negativa en todos los aspectos para todos tras las diversas fachadas de sostenibilidad- la analfabeta su verdadera infiltración de marciana en un mundo de extraterrestres que saben leer cuando ella no; los “burgueses” hastiados más o menos, los hijos mediocres pese a todas las oportunidades; la genialidad latente desaprovechada del personaje de Huppert, capaz seguramente de expresiones artísticas elevadas o del gobierno de un país- , en el Horror trivial de un crimen-chapuza que da casi más vergüenza que horror, con intervención divina de un ridículo cura y su asistente también mediocre. Qué pena. Qué pena. Qué asco.

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